tu hijo sabe ceder…

Les copio un texto de Carlos Gonzales sobre la docilidad de los niños en general… creo que vale la pena reflexionar sobre la manera como modelamos la vida de los niños constantemente, sin dejar casi espacio para la toma de decisiones y la acción independiente.

Lo que menciona Carlos Gonzales del “tontanchante” (aquella tontería que quiere el peque que le compre su madre) a mi me parece una consecuencia de la falta de individualidad que tienen los niños en los espacios tan directivos… los niños con mayor libertad en el hacer y el actuar no hacen generalmente crisis para que les compren algo, porque saben que en general ellos tienen bastante control sobre sus vidas… se saben seres únicos cuyas decisiones tienen un impacto en su quehacer y, si alguna vez mamá dice eso no es posible en este momento, es porque probablemente sea algo razonable. No digo que en casos donde los peques tienen mayor libertad no existan crisis (pues son esenciales para su desarrollo), sino que son diferentes. Podría hacer algún post futuro sobre la crisis de independencia… vamos a ver…

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Creo que la moraleja es que no debemos cargar a nuestros hijos de frustración y angustia constante, no los obliguemos a vivir en una cárcel de oro… dejemos que se equivoquen, que tengan frío, que no coman alguna vez, que se vistan “inapropiadamente”, que no vayan al colegio si no se sienten del todo bien, que no se vayan con los abuelos o familiares si están sensibles, que no den besos o saluden a los extraños de vez en cuando, que pinten y crean con libertad, que rompan cosas, que tiren cosas, que se pinten la cara y el cuerpo, que se ensucien, que digan que NO y se les escuche y respete… cuantas cosas que ellos quieren o no quieren hacer y no pueden controlar… claro que como padres debemos poner límites de convivencia racionales pero luego, dejémosles ser un poquito más.

Aquí el texto de Carlos Gonzales del que hablaba:

TU HIJO SABE CEDER

Jordi duerme en la habitación que sus padres le han asignado, en la cama que sus padres le han comprado, con el pijama y las sábanas que sus padres han elegido. Se levanta cuando le llaman, se pone la ropa que le indican, desayuna lo que le dan (o no desayuna), se pone el abrigo, se deja abrochar y subir la capucha porque su madre tiene frío y se va al cole que sus padres han escogido, para llegar a la hora fijada por la dirección del centro.

Una vez allí, escucha cuando le hablan, habla cuando le preguntan, sale al patio cuando le indican, dibuja cuando se lo ordenan, canta cuando hay que cantar. Cuando sea la hora (es decir, cuando la maestra le diga que ya es la hora) vendrán a recogerle, para comer algo que otros han comprado y cocinado, sentado en una silla que ya estaba allí antes de que él naciera.

Por el camino, al pasar ante el quiosco, pide un “Tontanchante”, “la tontería que se engancha y es un poco repugnante”, y que todos los de su clase tienen ya. “Vamos, Jordi, que tenemos prisa. ¿No ves que eso es una birria?” “¡Yo quiero un Totanchante, yo quiero, yo quiero…!” Ya tenemos crisis.

Mamá está confusa. Lo de menos son los 20 duros que cuesta la porquería ésta. Pero ya ha dicho que no. ¿No será malo dar marcha atrás? ¿Puede permitir que Jordi se salga con la suya? ¿No dicen todos los libros, todos los expertos, que es necesario mantener la disciplina, que los niños han de aprender a tolerar las frustraciones, que tenemos que ponerles límites para que no se sientan perdidos e infelices? Claro, claro, que no se salga siempre con la suya. Si le compra ese Tontachante, señora, su hijo comenzará una carrera criminal que le llevará al reformatorio, a la droga y al suicidio.

Seamos serios, por favor. Los niños viven en un mundo hecho por los adultos a la medida de los adultos. Pasamos el día y parte de la noche tomando decisiones por ellos, moldeando sus vidas, imponiéndoles nuestros criterios. Y a casi todo obedecen sin rechistar, con una sonrisa en los labios, sin ni siquiera plantearse si existen alternativas. Somos nosotros los que nos “salimos con la nuestra” cien veces al día, son ellos los que ceden. Tan acostumbrados estamos a su sumisión que nos sorprende, y a veces nos asusta, el más mínimo gesto de independencia. Salirse de vez en cuando con la suya no sólo no les va hacer ningún daño, sino que probablemente es una experiencia imprescindible para su desarrollo.