Designio Materno…

Esta semana trabajé en una campaña de ESSALUD que promueve la lactancia materna. Pasamos una mañana en Gamarra conversando con la gente sobre lactancia y difundiendo su importancia. Me gustó mucho la experiencia de trabajar en la calle, conociendo un poquito de cada persona, dando apoyo e información sin grandes complicaciones. Pero no les escribo para contarles esta experiencia específica, sino un caso puntual que me llamó la atención… les cuento…

Una madre, un bebé pequeñito y una abuela paseaban por Gamarra y nos dirigimos a ellas para preguntarles sobre lactancia y su experiencia personal… me encontré con un caso grave de “designio materno”: mamá que no puede amamantar, hija que no puede amamantar… y así por los siglos de los siglos. “Yo no tuve leche y mi hija tampoco la tiene” nos dijo la madre… la hija solo asintió con la cabeza.

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Cada uno de nosotros somos, en gran parte, lo que aprendimos de mamá y tenemos la necesidad de ser fieles a ese aprendizaje. Es como si hubiéramos hecho un juramento, ser como nuestra madre nos modeló. Romper con nuestra madre para poder ser nosotras mismas, tomando nuestras propias decisiones, yendo en contra de sus consejos y opiniones es doloroso, nos hace sentirnos desleales… y en la maternidad, todo esto es aún mas complejo pues los “designios maternos” son muy poderosos.

Cuando nos convertimos en madres por primera vez, y también por segunda o tercera vez, nos sentimos abrumadas con tantos consejos y opiniones. En estas situaciones nos preguntamos con frecuencia si es posible escapar a esta suerte de destino impuesto, aquel que nos dice que lo que toca es callar y acatar. Muchas veces cedemos pues no queremos ofender, existe un pacto de obediencia a la madre, a los mayores, a los profesionales. Pero nuestro instinto interior nos susurra constantemente que tal vez haya otras formas y maneras de enfrentar la maternidad. Nos dice que lo que toca es seguir creciendo, es romper con la “madre” (simbólicamente hablando) y generar nuevos lazos afectivos desde el respeto, desde la independencia.

Cuando nos hacemos madres, una puerta se abre hacia lo profundo de nuestro ser, una oportunidad para seguir creciendo, no desde el punto de vista del desarrollo físico, sino desde el punto de vista del desarrollo emocional. Toca hacernos mujeres independientes, que asumen responsabilidades, que toman decisiones, que se entregan a su instinto, que escuchan los susurros. Mujeres que piden apoyo y ayuda (pues es necesario), pero desde su propia visión y necesidades, no desde la visión materna, familiar o de la pareja.

Nos toca decir que no muchas veces, desde el cariño y el respeto, pero NO, con rotundidad. Porque debemos actuar desde sensaciones y decisiones que partan de nosotras mismas, pues sólo de esta manera tendrán impresa nuestra alma y nuestra esencia. Sólo de esta manera nos sentiremos libres para asumir la responsabilidad de la maternidad con plenitud. Y así, nuestros lazos afectivos maternales madurarán y se fortalecerán, dejando de ser el vínculo de una niña, a ser el vínculo de una mujer.

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