Las mil y una cajas…

Las cajas nunca dejan de sorprenderme. Cada vez que compramos algo que se encuentra en una caja grande, mis hijas saltan de alegría. Instalan la caja en su cuarto y comienza una etapa de juegos creativos sin comparación. La caja pasa de ser casa, cama, mesa, cajón de sastre, restaurante, armario de mago, escritorio escolar, escondite, etc. No hay juego que no incluya la caja, es como un miembro más de la familia. La llevan a mi habitación, luego al patio, luego a la cocina. La llenan de cosas para transportarlas, luego la vacían. La comparten con los amigos y visitantes. Es realmente fascinante verla ser partícipe activa de nuestras vidas, parece que tuviera vida propia.

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Luego de semanas, a veces meses, llega el día que la caja no da más. Ya la han parchado muchas veces, pintado, cortado, agujereado y decorado. Observamos todos con melancolía el final de una era, la era de “las mil y una cajas”. Aquella compañera de juegos sin igual dispuesta a todo. Un concepto tan simple que con un poco de imaginación y fantasía todo es posible. Que juguete tan impresionante, yo no dejo de sorprenderme.

Este post ha sido inspirado por nuestra actual compañera de casa, la caja del reflector de papá, aún vivita y coleando, sobreviviendo a mis incansables hijas. ¿Quieren conocerla?

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Mi consejo de la semana, anímense a hacerse de una en casa. Se que no es decorativa, uno no sabe donde guardarla (o esconderla) y está en medio del camino todo el tiempo, pero la diversión que trae a nuestros hijos es inigualable. Los juegos que les permite crear hacen que valga la pena las semanas, incluso meses, de tener que mantenerla. Yo soy una fanática del orden y me gusta que todo esté en su sitio, pero las cajas siempre ganan mi afecto y las dejo ser, hasta me gusta su presencia.