Confesiones de una doula…

Mi primera experiencia de vivencia de parto fue la mía. Desde mi embarazo me rodeé de personas que me apoyaron y guiaron con amor y responsabilidad. Cosas de la vida, parte búsqueda propia, parte destino. Fue un parto en casa hermoso, lleno de energía positiva, lleno de luz. Mi hija nació de día, un día de invierno con un sol hermoso.

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Después de esa primera experiencia quedé marcada para siempre y comencé a formarme como doula de la mano de mujeres sabias y generosas. Durante mi formación solo acompañé partos en casa, experiencias únicas. Hubo partos rápidos, lentos, relajados, intensos, cansados y energizantes. Cada mujer y cada bebé marcaban la pauta y nosotras les seguíamos. Incluso algunos terminaron en traslados a la clínica por complicaciones que no fueron graves, pero todos se caracterizaron por estar rodeados de una buena actitud. Mi visión del parto antes de llegar al Perú estaba parcializada pues no había visto jamás un parto hospitalario, solo había escuchado las experiencias de parto previas de muchas mujeres que venían a los grupos de trabajo.

Cuando llegué al Perú hace tres años y comencé a trabajar como doula me tuve que adaptar al contexto local donde las mujeres paren principalmente en las clínicas. Debo admitir que no estaba preparada para ello y me costó mucho aprender a separar mis emociones durante el parto y enfocarme sólo en las necesidades de la mujer y su familia. Me costó aceptar que esa era su elección y que estaban ahí porqué era donde ellas necesitaba estar en ese momento de sus vidas. Me costó no hacerlo o sentirlo todo personal. Me costó llenarme de luz y energía positiva y no teñirme de la energía dura y a veces violenta de las clínicas. Fue duro y a veces sigue siéndolo, pero comprendí en estos años que mi acompañamiento no se trata de mi, se trata de la mujer que tengo a mi lado y sólo lo que ella siente o quiere importa. Y lo que ella necesita en todo momento es actitud positiva, energía motivante, amor, cariño, respeto.

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Los partos son experiencias de vida trascendentales, para la madre por supuesto, pero para los acompañantes también. Por eso cuando me junto con otras doulas (lo hago a menudo pues lo disfruto mucho) hablamos de nuestras experiencias y emociones, compartimos nuestro sentir, nos recargamos. Y debo admitir que me encantan mis compañeras luminosas, aquellas que te cuentan una cesárea con luz en los ojos, enfocándose en la madre y el bebé, viendo el parto como una celebración, mas allá de lo que está sucediendo o ha sucedido. Me hacen darme cuenta que, aunque aún hay mucho que hacer en el contexto local para mejorara la atención y experiencia de gestantes, parturientas y bebés, el nacimiento sigue siendo un momento hermoso. Me hacen recordar que soy una privilegiada por haber sido elegida por esa mujer para acompañarla, es un gran honor.

Agradezco este cambio de panorama pues me ha hecho madurar como profesional y como mujer, confirmando que lo importante es que la mujer se encuentre donde ella quiera y con quienes ella ha elegido en el momento del parto, independientemente de su elección final. Todo es válido, no hay elecciones malas o buenas cuando se hacen con entrega y la realidad es que TODAS las mujeres se entregan en sus partos y anhelan vivirlo con plenitud. En estos años de vuelta al terruño me he dado cuenta que lo primordial que una mujer necesita de mi durante el parto es una mano amiga, proveedora de ánimo y alegría, ser un recordatorio de lo bello del momento que está viviendo, el nacimiento de su bebé.