Una cuestión de magia…

Hace poco me escribió una mujer, “Madre Viajera”, mamá de un bebé de 6 meses que nació en casa y muy valientemente compartió conmigo su historia de parto. Me encantó que lo hiciera, me inspiró mucho y creo que vale la pena compartirla con todos ustedes. Gracias “Madre Viajera” por regalar tu historia a otras mujeres porque las historias si cuentan, tenemos que contarlas!

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Luego de mi parto, mi vida cambió. Así de concreto, así de real. Me convertí en mama un día a las tres y diez de la madrugada y con eso empezó un nuevo ciclo en mi vida. Ser mamá. Hacer de mamá. Estar de mamá. Los estados varían, pero la esencia permanece. Ya no soy la misma, y hasta hace unas semanas no podía poner en palabras mi experiencia. En realidad todo sigue algo confuso aún.

El período post parto llegó con tanta pero tanta intensidad que mi parto fue quedando como un episodio grabado en la memoria de mi cuerpo. Hace poco comencé a tomar clases de yoga nuevamente y tal vez eso removió algo o mucho dentro de mí y las palabras comenzaron a fluir. Pero cuando comencé a escribir esto me di con la sorpresa de que hablar o escribir de mi parto, era en realidad hablar o escribir de mi post parto. Porque ambos son parte de este nuevo ser. Y es que cuando nació mi hija, ese día en la madrugada, yo también nací, renací, muté, me transformé. No sé cuál de esos términos sea el más adecuado, el hecho es que cambié. Luego de mi parto, mi vida cambió. Y digo mi parto, mi post parto, mi hija, mi cuerpo, porque todo lo que me ha sucedido, me pertenece. Es parte de mi historia y será parte de mi legado para las que vienen después. Hija, nieta, bisnieta, este es mi mejor esfuerzo por plasmar algo o mucho de la experiencia más trascendental que he tenido en mis 31 años de vida.

Luego de ocho horas de sentir cómo gradualmente mi cuerpo y mi hija se preparaban para producir la sincronía del nacimiento, inicié el período de uno de los esfuerzos más intensos de la vida. Pujar. Pujar por la vida. Sentir cómo los huesos, los músculos, la piel, todo se contrae y se dilata, todo está en movimiento continuo. El miedo, la incertidumbre pasaron a segundo plano. La fuerza de la naturaleza me tomó. No hubo control posible. Simplemente no pudo haber control. Y me entregué. Me entregué cómo me habían contado que una se entrega. No fue una decisión, simplemente fue. Me abrí y de mí salió una pequeña bebe. Las miradas contenedoras de mi partera, mi compañero y mi doula me ayudaron a regresar y reconocer que finalmente había parido. Lo había logrado. Sí. Yo. Lo había logrado. Había sucedido. Ese día en la madrugada me había convertido en mamá.
Las dos horas más valiosas de mi vida sucedieron justo después. Los tres en la cama, impactados, agotados, abrazados. El dormitaba, ella también. Yo en cambio seguía en otro lugar, como mirando todo desde fuera, sintiéndome como una niña abrazando a su oso de peluche.

Luego de seis meses hay días en los que aún me siento como una niña frágil que no sabe muy bien cómo acompañar a esa criatura que se retuerce en sus brazos. Luego de seis meses me parecen increíbles los cambios por los que ha pasado mi cuerpo. Pero es tal vez mi espíritu el que se ha transformado casi por completo. De sufrir por no dormir ocho horas seguidas a agradecer por haber dormido si quiera cuatro. De sentirme desganada cuando algo no salía cómo yo esperaba a extasiarme porque voy entendiendo y sincronizando, poco a poco, con los ritmos de mi pequeña. De amarme a mí misma, a amar a otro ser con una intensidad indescriptible. Ya no soy la misma que antes. Ahora tengo una bebe en brazos casi las 24 horas del día.

Yo cargo a mi bebé muchas horas al día, la abrazo, juego con ella, la atiendo, la amamanto, la amo. Es parte de mí, estamos fusionadas. La protejo, la extraño cuando duerme mucho rato, me siento rara cuando estoy sin ella. Un día, ese día, mi vida cambió. Dejé de pensar en muchas cosas que me ocupaban, en realidad ya ni acuerdo de muchas de ellas. Ahora en la cabeza tengo mucha información sobre lactancia, pañales, sueño, comida, sobre cómo cuidar la relación de pareja, sobre la importancia de los espacios para una misma. Blogs, webs, libros, videos, revistas. Me encanta leer, me encanta vibrar al ritmo de otras mujeres, sorprenderme por algunos testimonios, llorar con otros. Pero lo que más me encanta es ella. Su olor, su voz, su risa, su sonrisa. Ver cómo suceden muchas cosas que me dijeron, muchas de las que leo, muchas otras que nunca soñé. Me encanta jugar con mi hija, apachurrarla, besar y mordisquear sus piernitas y su barriga. Me encanta descubrirme enamorada de una bebe. De esa bebe que salió de mí. Que estuvo dentro de mí. Era ella la que me empujaba desde adentro, como queriendo despertar mi consciencia. Pero ¿cómo hubiera podido anticipar todo lo que estoy viviendo ahora? Imposible. Nada de lo que imaginé se compara con esta realidad. Es más y mejor de lo que esperaba, es más gratificante, más agotador, más enternecedor, más retador. Todo es superlativo cuando estoy con ella, cuando respiramos juntas, cuando cantamos, cuando nos arrullamos.

Así fue mi parto, fue el inicio de esta nueva e impresionante etapa de mi vida. Una etapa de transformación y crecimiento espiritual, profundo y constante. Más amor, más pasión, más humildad. Un encuentro profundo con la vida misma, con el ser y el querer. Un estado que me alimenta en el desgaste, en la recuperación, en la regeneración de las células y las emociones. Un espiral eterno de entrega y bienestar.

Así fue mi parto, así despertó mi consciencia sobre cómo me criaron mis padres, sobre cómo nos (mal)cría la sociedad. Cómo tratamos a nuestro cuerpo, como tratamos al cuerpo de los demás. Cómo sexualizamos un par de tetas y entonces tenemos que estar dando explicaciones sobre por qué debe ser una misma la que elige si dar de lactar en público o no, cómo pesan las opiniones de los expertos, cuán conscientes somos del peso de éstas en nuestras prácticas, cuánto hay que cuidarse de la cultura consumista y materialista que nos bombardea todos los días. ¿Por qué hay que desaprender tantas cosas? ¿Deconstruir tantos discursos? ¿Por qué la intuición pareciera una luz enterrada en lo más profundo de nuestras entrañas? Así, yo necesité de la experiencia de mi parto para proponerme nunca más vivir solo presintiendo que algo me iluminaba desde dentro. Ahora sé de mi capacidad y mi fuerza para producir luz. Luego de la potencia de mi parto, estoy decidida a vivir proyectando, vivir conectando, vivir iluminando. Con mi alegría, con mi testimonio, con una sonrisa. Porque la maternidad me dio la oportunidad de sentir algo que de niña sabía muy bien, que todas, todos, somos capaces de hacer magia con el universo.